martes, 24 de enero de 2012

Esclavo

Veo sin ver. Escucho sin escuchar. Ando por andar. Siento sin sentir. Realmente todo lo que hago lo hago viviendo en la inercia, en la rutina y ¡Como detesto la rutina! Me despierto porque tengo que hacerlo, como porque tengo que comer, no hay algo que cambie mi visión aburrida de un mundo aburrido, incluso la risa me parece algo lejano, automático, sin sentido. Ya ni llorar cambia algún aspecto de esta situación tan… simple, igual. Mis propios pensamientos me aturden, me molestan, me fastidian. Me siento todas las tardes en el mismo café y ya ni la carta me ofrecen, saben lo que tomare, a lado de la ventana veo pasar a toda esa gente caminando de prisa… antes me gustaba este lugar, el olor a café y pastel, la frescura de las paredes blancas y la amabilidad de las camareras, con una sonrisa amigable, ahora lo detesto. No entiendo porque me siguen trayendo a donde no quiero estar. Observando al resto del mundo, no dejo de preguntarme ¿A dónde irán? ¿Serán felices?
Recuerdo el día en que yo si era feliz, tenía todo porque vivir, no había lastima en los ojos de quienes me rodeaban, no había pena en las voces que me hablaban, las manos que me rozaban no se centraban en la delicadeza sino en las caricias, los besos de mi madre eran de amor y no de tristeza.
La camarera deja delante de mí la taza con cappuccino. Dentro de mí sonrío con sorna. Sabe que no puedo tomarla entre mis manos y acercarla a mi boca entonces, ¿Por qué lo sigue haciendo? Quisiera poder aventársela a la cara o como mínimo al suelo.
Mi madre la toma y la acerca a mis labios, llevo un año tomando lo mismo todos los días. Me ha hartado. Volteo la cabeza y dejo una lágrima salir, no puedo siquiera expresarme bien. Ya no hablo, no me gusta el movimiento de mi boca, paralizada a la mitad. He comenzado a odiarme. Inútil como estoy y ella, esa mujer que me sienta todos los días en la silla, que me acuesta en la cama, que me maneja a su antojo como un maldito títere, si también a ella empiezo a odiarla, quisiera que me mate. Que acabara con el dolor y la vergüenza, eso es lo que siento en el centro del corazón. Dolor y vergüenza.
Soy un títere, manejado a su antojo y solo respiro para evitar su angustia, no quiere verme morir para no sentirse culpable. Patético.
No puedo siquiera escupir lo que bebo. No puedo decidir lo que visto. No puedo decidir siquiera si dejo de vivir.
Sentado como estoy, sin sentir, la rabia me llena. Pero no puedo desquitarme, no puedo ni gritar.
Después de una hora mi madre mueve la silla, probablemente me lleve a la playa, a escuchar las olas del mar o tal vez a lo alto de la montaña a ver los pájaros volar. No lo sé, es todo tan rutinario, tan sin sentido… y las personas se quejan de sus vidas, cuando ellos caminan, bailan, son capaces de mover más que el cuello y los ojos y yo, yo aquí cuadripléjico, soy yo quien no puede hacer nada, ni vivir feliz y ellos que pueden tan solo se quejan… 

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