¿Qué ha sido de su esperanza? ¿Qué ha sido de su inocencia? ¿De su infancia? Arrebatada el alma de tan pequeña criatura, desgarrada en lo más profundo de su ser. Vivirá ahora sin saber porque cada noche sus padres lloran y al mirarla se desconsuelan de su pena, pena que le parece ajena aún cuando la lleva grabada en el cuerpo. ¿Qué será de sus noches? Llenas de la más cruel oscuridad, sin sentido despertándose en la madrugada a mitad del silencio llorando, sufriendo por algo que no entiende, sus ojos centelleantes y llenos de vida se van apagando por lo que escucha, que ahora debe superar algo que no comprende. Se vuelve sombría, callada, no juega. No ha sido el acto lo que la ha llevado a ser así, ha sido como reaccionaron todos esos que no supieron cuidarla. Cuando crezca, cuando sea mayor, vera que no está sola en el centro de un carrusel que da vueltas sin parar, escuchando una música de feria que le hace estremecerse y llenarse de escalofríos, no habrá más sonrisa amable de un desconocido que se aproveche con un caramelo de la pureza de su corazón. No lo entenderá, nadie entenderá nunca porque existe la maldad, porque es algo que llevamos con nosotros, nos pertenece y se aferra a nuestras entrañas y no sale de nuestra alma, jamás sabrá porque le ha pasado a ella, ni porque lo han convertido todo en un espectáculo tan intenso, no comprenderá porque no simplemente ha venido su madre a abrazarla y su padre a decirle que el ama y no le hará daño y su hermano, no entenderá porque su hermano no le ha dicho que la defenderá, se le irá la vida, se llenara de rencor y amargura, se perderá en las sombras de un recuerdo que ni siquiera sabe si viviría de no ser por el llanto incesante de la mujer que le dio la vida. Frágil y vulnerable, con el alma partida en pedazos y un dolor insoportable, se la llevan en una camilla rumbo al hospital, tan solo una cosa es segura para el futuro de esa niña, no volverá a los juegos de feria y mucho menos dejara que un extraño se le acerque solo para ver sus risos y jugar…
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