miércoles, 15 de mayo de 2013

En un jardín.

El cielo se nubla como si una enorme manta gris lo cubriera y apagara el sol. El aire se vuelve frío, tormentoso, las luces del pueblo se apagan, la neblina fuera de las casas obstruyen la vista por completo, no hay energía eléctrica, no hay más que silencio de voces y el murmullo de las hojas de los árboles siendo atravesadas por las ráfagas del viento.
En la casa más grande del lugar, con un jardín extenso, en el que se forma un laberinto de arbustos, juega una niña pequeña peinada con el cabello divido en dos colas, con un vestido celeste de volantes, corre hasta al jardín, sin temer del tiempo tan extraño que se va formando.
Bajo la tenue luz de lo que debería ser el atardecer, se va creando la noche, oscura, distinta. A lo lejos se escucha el aullido de un perro, como un lamento desgarrador.
En la entrada del laberinto hay rosas blancas, la niña juega y corta una, pero bajo la negrura de la noche, toca una espina y de su dedo corazón surge una gota de sangre, que se vuelve un delgado hilo de liquido rojo y caliente.
Cerca de donde está parada la pequeña, se esconde la razón de que la atmósfera se torne peligrosa. Sin inmutarse, la niña observa el pequeño hilo de sangre que mancha la rosa blanca que tiene en la mano.
Unos ojos de globos rojos e iris color negro, con una mirada de arrebato, se desvanecen en la oscuridad y reaparecen detrás del rosal que mira la niña con tanta curiosidad.
-Hola-dice la voz, áspera, con tono cruel.
-¿Quién eres?-pregunta inocente la niña.
-Vine por ti.
-¿Por qué? ¿Quién eres?-repite la niña, abriendo los ojos para observar el aspecto cetrino del hombre, con la piel verdosa, el cabello negro y dientes amarillos.
-Soy un amigo de la noche-dice el hombre, tendiendo la mano-ven, acompáñame.
-¿A dónde?
-A buscar más rosas-sonríe, es una sonrisa cruel, dañina.
Sin temor alguno, la niña toma la mano fría y huesuda del hombre, dejando caer la rosa con manchas rojas y camina hasta los árboles, donde todo se vuelve abismo.
En la casa, las velas se encienden, una mujer de caderas anchas y nariz chata va al jardín, en busca de la pequeña para cenar, cual es su sorpresa al ver un pequeño bulto de color celeste a lado de un rosal, con una rosa blanca cubierta de manchas rojas a un lado, horrorizada, la mujer corre hasta el cuerpo inerte de la niña, que tiene en el rostro una expresión curiosa, como si le hablará a alguien interesante de un tema inaudito.
Poco a poco la neblina se va dispersando y las estrellas van cubriendo el manto negro con algunas manchas azules, mientras un médico, de cabello canoso, redacta el acta de defunción, asombrado de no encontrar motivo ni explicación de porque, cada tres noches, el cielo cambia de forma drástica y él recibe una llamada anunciándole una nueva muerte, de una nueva niña, con una expresión tan curiosa, a lado de una flor que no debería estar ahí, que no debería causarle daño ni arrebatar su la vida.

2 comentarios:

  1. Hola Beel,
    que triste lo que le paso a la niña, pero que poético modo de contarlo.
    Escribes bonito.
    Abrazos... animo!

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  2. Muchas gracias :) es una forma de ver como a veces la muerta llega de forma tranquila e inesperada! MUCHAS GRACIAS!

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